lunes, 7 de enero de 2013

La tecnología efímera
 Cuando hablamos de innovación tecnológica estamos hablando de cambios sociales  anteriores o posteriores a ella, y al hablar de cambios sociales estamos hablando de permanentes procesos de modernización, de tal manera que no parece posible hoy cerrar el ciclo triangular del cambio (cambio 1/innovación/cambio 2) sin clausurar la historia humana.
Pero el tema de la modernización entendida como cambio permanente puede constituirse en una  cuestión frecuentemente anómala en la civilización avanzada del conocimiento y de la información, al punto de poderse hablar ya de tecnologías efímeras o, dicho más expresivamente, de una auténtica chatarrería tecnológica (la falta de atención al cliente, de repuestos, de redes reales de mantenimiento, etc, convierten a muchos productos de la panoplia tecnológica en chatarra inmediata) formada tanto por el instrumental permanentemente superado como de aquel otro que es redundante. Esta última tecnología redundante comienza a ser un problema: hablamos de redundancia cuando las innovaciones no son tales y no vienen a cubrir una demanda, sino a explotar un mercado creado por la innovación real.
Por otra parte, la introducción de tecnologías innovadoras, también en los países avanzados,tropieza con la cuestión de los cambios previos no realizados (cambios de aprendizaje, cambios de mentalidad, de cualificación), y no es infrecuente el espectáculo de medios técnicos no utilizados, como se puede observar en los citados sótanos de los hospitales y en otros lugares.
El llamado "milagro europeo" (Jones, 1990) que convirtió a Europa en la vanguardia de la modernidad estuvo fundado en un ecosistema que permitía el intercambio, y esto parece una condición indispensable de la modernización tecnológica, constituyéndose en condición política actual para los países subdesarrollados: la consolidación de un sistema de comunicaciones e intercambios que haga posible la difusión y el avance común. La actual situación mundial no nos permite ser del todo optimistas, pero ese es el camino en las regiones más atrasadas que todavía viven enfrentamientos y desencuentros constantes, siendo su afán comunitario todavía un momento retórico en el proceso de ecosistematización. Decía Jones: "En Europa, incluso dentro del avanzado sector noroccidental, el crecimiento resultante tuvo un carácter abiertamente regionalista; pero a diferencia de Asia existió, en lo esencial, una comunidad tecnológica, un sistema en el que el cambio en un célula tendía a comunicarse a las restantes. Las conexiones culturales y la naturaleza competitiva del sistema de estados favorecieron un intercambio continuo y la `difusión de estímulos', lo que significaba que si un problema se resolvía en un país se suponía que podría resolverse en otro" (87). Me parece un planteamiento correcto y sugerente que debería ser tenido en cuenta a la hora de preparar el camino de la introducción de nuevas tecnologías en las regiones subdesarrolladas, tan alejadas aún del problema que generan o van a generar en los países avanzados o semiavanzados la introducción constante de innovaciones, con los cambios sociales profundos y posteriores. Tan alejadas también estas regiones de los derechos civiles básicos y de las "titularidades" (v. Dahrendorf, 1990) que dan acceso a los individuos a la provisión regulada de sus necesidades.
Estos cambios de los países avanzados son conocidos en su proyección presente sobre la estructura social, como nos sintetiza Michel Crozier siguiendo en parte una conocida propuesta de Daniel Bell: "El paso a una economía de servicios, o más bien, a una sociedad postindustrial, es espectacular. Este paso se caracteriza por una concentración de los empleos en los servicios más diversos (por oposición a la industria y la agricultura) y por la dinámica de la alta tecnología (por oposición a la dinámica de la producción de masa vinculada al consumo masivo). Es muy rápido, más rápido que el gran movimiento del siglo XIX que llevó a las masas campesinas a abandonar la tierra para ir a trabajar a las fábricas. Los empleos en la industria disminuyen a una media del 1.5% anual desde hace quince años, y los empleos más específicos de obreros manuales sin cualificar, del 2.5% anual...Destruye la lógica de la estandarización, de la reglamentación y de la jerarquía. La orientación predominante hacia los servicios obliga a preocuparse del cliente y a privilegiar la calidad del servicio que se le proporciona. Obliga a tener en cuenta la relación humana que se establece con él y destruye la lógica imperativa de la producción en masa, que sólo podía funcionar por la imposición coactiva de la conformidad a la norma y gracias al peso del orden jerárquico.
Esta lógica no se abandona, ciertamente, de golpe y en todo. Seguirá predominando en muchas actividades durante largo tiempo, pero comienza ya a dejar lugar a otras concepciones, más adaptadas a la realidad, del trabajo y del sistema de relaciones. En este nuevo sistema social post−industrial, el recurso humano es fundamental para el éxito económico. Es este recurso el que marca la diferencia y no ya, como anteriormente, la posesión de las materias primas, como en el siglo XIX, o del capital organizativo y financiero, como en el XX. No quiere decir esto que estas bazas desaparezcan, sino que no son utilizables si no hay recursos humanos suficientes, mientras que la existencia de recursos humanos permite adquirir muy rapidamente los otros" (Crozier, M., 1989, pp. 28−29).
Vivimos probablemente la segunda ruptura industrial, expresión de Piore y Sabel (1990), y estamos entrando en la sociedad programada de que habló Alain Touraine (1989, p. 81: "Vemos constituirse bajo nuestros ojos sociedades más allá de las sociedades industriales, a las que he llamado programadas, y cuyas inversiones principales se dirigen hacia la producción y la difusión en masa de bienes simbólicos, bienes culturales, información, representación, conocimiento, que actúan no ya solamente sobre la organización del trabajo, sino sobre los fines de la actividad y así pues sobre la misma cultura"), y esto significa, de ser correcto el diagnóstico, que los modelos tradicionales de producción en serie van a ser desplazados (ya lo están siendo) por una especialización flexible de base informática, cuyo carácter maleable (v. Piore y Sabel, o. cit, p. 376) le permite una mejor adaptación a la demanda y unas posibilidades de reconversión constante. En mi criterio, estas ventajas adaptativas podrían estar generando ya, como contrapartida, un exceso de chatarra tecnológica y un consumo excesivoe irreal, cuya caída podría generar importantes desequilibrios y provocar, a su vez, cambios en el sistema tecno−industrial vigente o en curso de formación. La introducción masiva de la informática, y la posibilidad de concretar las constantes innovaciones teóricas y convertirlas en innovaciones tecnólógicas plenas, adaptándolas a la demanda, está provocando una aceleración de los procesos tecno−industriales y una tecnología efímera y redundante que puede provocar crisis constantes por saturación económica negativa o claudicación de la demanda, con la inestabilidad industrial consiguiente. La velocidad de los procesos tecnológicos podría no ser homogénea con los cambios sociales necesarios para acogerlos, y en este caso entraríamos en una crisis de adaptación no ya de la tecnología a la sociedad, sino de la sociedad a la tecnología, con problemas de diversa índole difíciles de prever.
CAMBIOS TECNOLOGICOS Y CAMBIOS CULTURALES
Parece que asistiéramos a la disoluciónde la ciudad industrial moderna y a la emergencia de la ciudad informacional, como ya se le está denominando a la urbe de los países avanzados (v. Bouza, F., 1992), inserta en un complejo sistema mundial de ciudades de vanguardia en la circulación financiera, cultural y de información, ciudad que requiere, para su análisis, una refundación hasta de la misma sociología, cuya razón fundante fue la antigua sociedad industrial que ahora remite (En palabras de Carlos Moya −1977, p.19− :"Los límites mitológicos de la Razón Sociológica contemporánea sólo devienen manifiestos cuando se
descubren sus orígenes en la secularización de la Teología Política como específicamitología del imperio de la ciudad, que ahora deviene capital y centro carismático del Estado Nacional
, sus súbditos o ciudadanos")
Otras sociedades han vivido recientemente, y siguen viviendo, la crisis básica y previa a las nuevas innovaciones. Lo que fue la Unión Soviética hizo crisis, entre otras importantes razones, por desadaptación tecnológica. Manuel Castells (1991, pp. 3−4), que viene analizando la evolución de la Ex−Unión Soviética, ha podido constatar, en su opinión, que "el elemento desencadenante de la crisis del sistema soviético no fue económico propiamente dicho, sino tecnológico. No es casual que el retraso fundamental de la Unión Soviética se produjera en una década (1975−1985) en la que tuvo lugar la plena difusión de las nuevas
tecnologías microelectrónicas e informáticas en el mundo. La aceleración del progreso tecnológico evidenció de forma espectacular que, tal y como señalara Marx, la organización social puede ser un freno decisivo al desarrollo de las fuerzas productivas, aunque la ironía histórica verificó dicha hipótesis en relación con el estatismo comunista. Por razones profundas, ligadas sobre todo a la absorción de la ciencia y la tecnología en el agujero negro del complejo militar−industrial y a las características sociales de la generación y difusión de las tecnologías de información, la Unión Soviética acumuló en pocos años un retraso decisivo en microelectrónica, informática, telecomunicaciones e ingeniería genética, es decir, en los campos clave de la nueva infraestructura tecnológica mundial". Es difícil precisar el exacto papel de la crisis tecnológica en el derrumbe soviético, pero sin duda ocupó un importante lugar, tanto como concausa como, también, efecto de otros déficits interactuando con las variables concurrentes en el proceso de claudicación del sistema.
La revolución cultural que está generando la transformación del sistema tecnológico, con sus crisis de jerarquizaciónen la organización, el incremento (o decremento, según sectores y fuentes de investigación) de la iniciativa personal y la velocidad de adaptación, entre otras cosas (v. Crozier, o. cit; VVAA, 1985; y R. Rice y otros, 1984; y J. Reese y otros, 1982), produce, a su vez, un modelo de empresa que no encaja en los paradigmas clásicos de gestión empresarial, al tiempo que las transformaciones sociales que afectan a la vida cotidiana crean una crisis constante de representación en las organizaciones de interés, como partidos y
sindicatos, que frecuentemente no adaptan sus estructuras y sus puntos de vista a la nueva situación. Mi trabajo sobre sindicatos me he llevado a concluir que entreestas organizaciones y el mundo externo existe una barrera de difíl superación (V. Bouza, F. 1991 y 1993), barrera cultural que expresa en su solidez las dificultades que plantea la desestructuración del mundo industrial clásico que ahora parece concluir. No podemos ser abolutamente optimistas antes estos cambios acelerados que se vienen produciendo: existen demasiadas fracturas entre el mundo cotidiano y la realidad tecnológica, así como entre el mundo de las organizaciones y todo lo que está ocurriendo; también hay una tendencia a la concentración económica que, de arrastrar consigo la concentración informativa, podría dificultar el ejercicio del intercambio libre entre las gentes y entre las naciones. Un grado tal de desestructuración y a tal velocidad probablemente no lo ha vivido jamás el hombre: en estas condiciones, la emergencia de populismos regresivos, una cierta nostalgia del pasado, la tentación de resolver los problemas mirando atrás, y todo lo que pudiera limitar la angustia colectiva que los cambios producen, es una opción posible con graves repercusiones políticas sobre el grupo humano. Hace tiempo que algunos analistas vienen insistiendo con rigor en los diversos problemas planteados por "el impacto social de las modernas tecnologías de la información" (v. J. Reese, H. Kubicek, B.−P. Lange, B. Lutterbeck, U. Reese, 1982), o de otras tecnologías, y es preciso escuchar algunas de sus ideas, porque el rostro de la modernización tecnológica es poliédrico y complejo: a las crisis económicas de toda transición pudieran unirse las crisis políticas, y sólo un control regular del proceso y la labor pedagógica de los medios de comunicación podrían embridar un proceso que no es tan sencillo como a veces queremos
creer: una forma de vida inmmemorial está desapareciendo, y la revolución tecnológica que no empuja hacia adelante contiene también estímulos regresivos, tanto puramente objetivos y medibles, como las dificultades que plantea la permanente reconversión tecnológica al mercado de trabajo, como subjetivos y no muy cuantificables, como aquellos que nos llevan a mirar hacia atrás con más nostalgia que ira. De las deficiencias del mercado de trabajo y de la nostalgia colectiva hacia el supuesto paraíso perdido proceden los aspectos más sombríos del aún vacilante cambio social en curso: nosotros apenas hemos cambiado, y ese es el mayor
riesgo de un proceso que ya parece imparable.

 
Tomado de Fermín Bouza: INNOVACION TECNOLOGICA Y CAMBIO SOCIAL
bouza ccinf.ucm.es
http://www.ucm.es/info/socvi/BOUZA/NUEVA1/Textos/innova.pdf